Artículo publicado en el número 251 de la revista Cerveza y Malta. 3º Trimestre de 2026

De forma casi sistemática, los profesionales del sector tendemos a definir la cerveza a través de una triple hélice: materias primas, proceso de elaboración y fidelidad al estilo. La hemos estudiado y enseñado así a pesar de Michael Jackson. Resulta difícil, casi inverosímil, imaginar al bueno de Michael deslizando el dedo por la pantalla de un móvil poniendo estrellas en Untappd, o eliminando una cerveza de una ronda de cata porque no cumple con el ratio establecido.
Quienes entendemos la cerveza, no como un producto de la sed sino como el resultado de la pasión, la maximización de recursos limitados y la destreza técnica, solemos caer en una paradoja. Mientras definimos la cerveza por sus ingredientes, la idiosincrasia de su fermentación o la propia biografía de la cervecera; es decir, mientras entendemos la cerveza desde la antropología, como fruto de una identidad viva, una manifestación cultural e histórica en conflicto, contraste o sintonía con otra identidad y la predicamos en el nombre de Michael, tiramos de tabla de Excel y la ubicamos entre la rigurosa rigidez del BJCP y la inmediatez de las redes sociales.
Si cada cerveza traza una biométrica diferencial, única e incomparable frente a otras cervezas, ¿por qué la evaluamos de forma global?
Lo que concluimos en Sumillería y Cultura Cervecera de España es que, tradicionalmente, la validación de una cerveza ha sido un ejercicio endógeno y polarizado. Por un lado, está el éxito inmediato de su comercialización (el volumen de ventas, su presencia en las neveras y los grifos de los locales de costumbre); por el otro, las medallas obtenidas según los estándares descriptivos del BJCP o similares. Este modelo, totalmente aceptado y alimentado por el propio sector, plantea una anomalía única si lo comparamos con otras industrias.
Por ejemplo, para saber si una película merece nuestra atención, o simplemente buscamos reforzar nuestra opinión, acudimos a las reseñas de la crítica cinematográfica. Para que una obra de arte adquiera valor y posicionamiento en el mercado, la opinión de los teóricos, historiadores y comisarios son pilares fundamentales de la obra. De hecho, su criterio impulsa la trayectoria del artista. Sucede lo mismo con la ropa que vistes, la gastronomía que comes, la canción que escuchas o incluso el coche que quisieras conducir. Son industrias donde existe un cuerpo intelectual, profesional, expertos que comunican la oferta, la dotan de narrativa e influyen directamente en el mercado. La cerveza, como bien apuntó Alberto Benavides en un InnTalks de 2024, carece de esta figura.
Seguramente pensarás que la cerveza ni es un coche ni un disco ni una moda, y algo de razón hay en eso. La cerveza se comporta de una forma muy diferente al resto de productos. Por ejemplo, la presencia expandida de la cerveza en el mercado no siempre se traduce en un aumento de su valor percibido. Existe una corriente del “nicho” que resta valor a la cerveza en el preciso instante en que incrementa su éxito comercial. Lo que para otras industrias una distribución eficiente y un volumen de producción y venta saludables se celebraría como la consolidación de la empresa y la marca, para la cerveza puede suponer inmediatamente la pérdida de su estatus y su valor, al menos entre quienes la encumbraron. Podemos recordar innumerables ocasiones donde la accesibilidad es castigada con la pérdida de identidad afectando directamente a su valoración final.
La otra gran métrica de validación que hemos encumbrado, la obtención de medallas en campeonatos, no queda exenta de debate. Sabemos que juzgar una cerveza y colgarle un metal es una foto fija, no un premio atemporal. La medalla certifica que esa muestra concreta de ese lote concreto servida en condiciones de evaluación, era perfecta. La medalla es, por lo tanto, una promesa de excelencia que nace de un instante idealizado que nada tiene que ver con la experiencia real de consumo. Un sueño, mientras que la cerveza, por propia naturaleza, es viva y, por lo tanto, cambiante y sensible a múltiples condiciones que le afectarán desde el momento en que entre en el canal de distribución.
Se hace indispensable una figura que escuche a la propia cerveza para que sea prescrita. Que contemple su rol económico, cultural, social, su impacto… Su biografía, al fin y al cabo. Comprender esa naturaleza económica y cultural es, en última instancia, entender el tejido exacto del sector en el que competimos como profesionales. Los Beer Sommeliers somos esos profesionales.
Desde Sumillería y Cultura Cervecera de España defendemos que debemos de empezar a considerarnos como la autoridad capaz de prescribir la cerveza ponderando múltiples factores que van mucho más allá de la analítica del líquido, su evaluación o servicio, aunque todas esas actividades sepamos ejecutarlas con solvencia. Que nuestro papel como expertos con formación acreditada va mucho más allá de meros divulgadores o “generadores de contenido”, aunque nuestra presencia en redes sociales ayude a elevar la conversación sobre la cerveza. Es hora de abrir un nuevo paradigma: el nacimiento del Beer Sommelier como comisario cervecero.
Metodología: 10 Parámetros holísticos y una reseña de curaduría
Para dotar a esta autoridad de una herramienta común y reproducible, hemos implantado un sistema de evaluación de 100 Puntos. Este sistema no busca medir si una cerveza es mejor que otra, sino calibrar su valor real en el mercado y su aportación al disfrute del consumidor a través de 10 parámetros de excelencia divididos en cuatro dimensiones que contempla la naturaleza propia de la cerveza y la contextualiza en el momento de consumo:
- Dimensión Sensorial (pulcritud técnica y arquitectura). La técnica es el axioma de partida. Evaluamos la ausencia de defectos y la integración analítica de las texturas, los gustos y los sabores. Es el filtro que valida la competencia de la cervecera y la profesionalidad de ejecución.
- Dimensión Orgánica (bebestibilidad y seducción visual). Medimos el equilibrio y la fluidez de trago (drinkability). Una cerveza sobresaliente debe sostenerse en el tiempo sin generar fatiga sensorial en el consumidor. Además, visualmente ha de ser atractiva.
- Dimensión de contexto cultural (gastronomía, arraigo y valor cultural). Aquí es donde mejor ejercemos nuestro papel de comisarios. Dictaminamos el potencial de maridaje, la conexión de la receta con las materias primas o tradiciones del territorio al que apela y si la referencia aporta una vía de innovación al sector.
- Dimensión de Mercado (coherencia de identidad, y honestidad comercial). Analizamos la propuesta de valor y la promesa que la cerveza realiza al consumidor desde un contexto de mercado desde un lenguaje de mercado como la etiqueta, el relato, el precio…
El consumidor no bebe números, bebe historias. Por eso, nuestro sistema de 10 parámetros se articula a través de la reseña de curaduría, un texto accesible para cualquier persona, buscando certezas y persiguiendo el placer. La reseña no opera, pues, como el veredicto estático de un certamen sino como un vector de confianza dinámica en el mercado. Evalúa la cerveza en el entorno real de consumo poniendo foco en la viabilidad y la verdad del proyecto cervecero. Al fin y al cabo no deja de ser el esfuerzo de escribir lo que realizamos en el ejercicio de nuestra actividad profesional incluso en momentos de disfrute. Es la responsabilidad que la industria cervecera vuelca sobre la figura del Beer Sommelier: la capacidad de traducción del lenguaje de fábrica a un relato accesible y seductor. Saber narrar lo que la cerveza aporta resignificándola en su contexto gastronómico y cultural, reducir el riesgo de compra y transformar el consumo impulsivo en una elección consciente.
En definitiva, certificar que la cerveza posee una propuesta de valor robusta, coherente y disfrutable poniendo nuestra firma y criterio como garantía. Es una de las formas con la que reclamamos nuestro espacio legítimo como el cuerpo profesional capaz de dotar de narrativa al sector, liderar las tendencias y construir, por fin, el valor a largo plazo que nuestra industria merece.